lunes, 1 de julio de 2013

La catarsis de Romeo

Frank Dicksee, Romeo and Juliet (1884).

"Los placeres violentos poseen finales violentos y tienen en su triunfo su propia muerte, del mismo modo en que se consumen el fuego y la pólvora en un beso voraz".
(Romeo y Julieta, acto II, escena VI).

Aristóteles lo definió como una purificación del espectador al contemplar las pasiones en el escenario. La redención desde la butaca sin la necesidad de sufrir uno mismo ciertos afectos.
El diccionario de la Real Academia recoge, entre otros significados de catarsis, el siguiente: "Purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda".

Hay historias que no serían las mismas historias sin un cataclismo que llevara al argumento hacia el desastre. Son catástrofe en esencia y, si dejaran de serlo, serían algo distinto. No sólo están condenadas al fracaso, sino que se deben a él. Su belleza reside en la hecatombe. Qué tendría de especial, si no, un romance entre dos jovencitos veroneses que se quieren y se besan y atraviesan juntos los puentes de la mano.

Romeo y Julieta son Romeo y Julieta porque su amor cayó en saco roto. Y su amor fue Amor -así, con mayúsucula- porque, irremediablemente, fue a parar al cesto de los pollos de manera escandalosa; con un derrumbe suicida y sórdido y lleno de nubes de polvo y cascotes. Por la puerta grande. Se podría decir, también, que "lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible". O que, precisamente por ser imposible, es un milagro. Darío Jaramillo lo dice mejor. Habla de milagros en su poema Amores imposibles.